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Eurovisión, quince años de desnaturalización progresiva

Que el Festival de Eurovisión ha cambiado en los últimos 15 años es algo que salta a la vista. ¿Dónde quedó aquella Eurovisión genuina de las grandes orquestas, de los distintos idiomas, de presentadoras con elegancia, de ese sentido de show distinto a todo lo demás, de canciones que sólo se podían ver allí, aparte de modas y estilos de la época? El Festival tenía copyright propio, patente de marca, sabor a Festival. Quizá mi opinión es muy purista, nostálgica, muy personal como es natural, pero lo tengo que decir si no, reviento. Muchos de los seguidores de antaño convendrán conmigo que este espectáculo del siglo XXI (1999-2015) no tiene ya nada que ver con el del siglo XX (1956-1998). Lo que vemos ahora es lo mismo que nos puede ofrecer un programa de la MTV enlatado aunque sea en directo o como cualquier entrega de los Premios Awards, una entrega de Grammys, cualquier cosa menos aquella Eurovisión que nos ponía la piel de gallina. Ahora todo es imagen y carencia de calidad musical, todo muy copia recauchutada de cosas vistas y machacadas, estándares repetitivos, desde la producción hasta las composiciones pasadas todas por el tamiz de americanada o el más puro estereotipo anglosajón o nórdico. No se ya distinguen los cuarenta y tantos países, parecen uno sólo.

Sobre la forma, ya lo he definido. Dónde fueron quedando aquellos escenarios tan coquetones de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa, románticos, demodé y modernos e innovadores para su época, la televisión crecía con Eurovisión y era símbolo de su tiempo. Cada década era distinta en la forma, se iba modernizando, pero sin perder lo esencial, la música pura en directo y las canciones cada delegación en su idioma. Del blanco y negro al color, del sonido imperfecto de una primitivas teles de los cincuenta a la perfección de los setenta en evolución hasta los noventa, los marcadores de votos, las conexiones con los jurados. Cada año era novedoso pero sin apabullar o confundir, en lo esencial era lo mismo. Muchos dicen que las orquestas suenan fatal para los números de música actual, más “moderna”, pero todos sabemos que desde 1979 cuando ya se introdujo el primer tema con música pregrabada de estudio, Italia con los Matia Bazar, ha habido libertad de elegir con orquesta, con medio orquesta o sin orquesta como ellos. Hay canciones a las que les viene como un guante el sonido pregrabado en acople con orquesta, o sin ella, pero a la mayoría de temas que se presentan aún hoy día, balada pop tradicional o medio tempo el directo orquestal les viene de maravilla. La orquesta aligerada nos dio la victoria en 1968 con Massiel y fueron cruciales los arreglos musicales para el segundo triunfo en 1969 con Salomé. O alguien duda que las baladas de brío y energía vocal in crescendo como la de Pastora Soler en 2012, Marija Šerifoviç en 2007 o Patricia Kaas en 2009 por poner tres ejemplos palmarios donde a la belleza de esas canciones no les hacía falta alguna el sonido pregrabado, es más, con la valía de esas tres solistas, de los cientos que ha habido entre 1999 y 2015, una orquesta les hubiese dado más fuerza. Como decía Nina en 1989, el sentirse acogida por una orquesta detrás es el mejor regalo para ofrecer un magnífico directo a los espectadores y más cuando en su caso fue dirigida por el añorado maestro Juan Carlos Calderón.

Lo cierto es que el protagonismo de los directores de orquesta era el corazón del show porque eran los maestros, todo genios de la música como Calderón, pero también como Franck Pourcel, Waldo de los Ríos, Harry van Hoof, Ronnie Hazlehurst, Augusto Algueró, Ossie Runne, Dolf van der Linden, Rafael Ibarbia, Curt-Eric Holmquist, etc, algunos nombres  tan habituales que ya los conocíamos de memoria los seguidores de antes y más cuando los presentaban… y dirige la orquesta… Los que cantan bien o cantan cantan, parafraseando a Marta Sánchez cuando habló de la Dion, quieren eso, una orquesta. Y que no me vengan con el tema monetario que a veces se gastan en producciones la vida para nada. Y eso mismo me han dicho personalmente otros grandes solistas como Daniel Diges, Betty Missiego, Karina o Rosa López, la misma Pastora Soler, una orquesta siempre es una orquesta.

También es cierto que a temas más movidos, con otro corte musical, con otro ritmo, el sonido pregrabado daba a las piezas un backround fantástico, ejemplos Azúcar Moreno en 1990, Ruth Jacott en 1993, Alice y Franco Battiato en 1984, Gina G. en 1996 o Paul Oscar en 1997. Esa era la magia, ver un show que pareciese que estuvieses allí, en directo y no como ahora. Porque sabemos que no hacen playback de voz ya que no está permitido. Es todo tan lineal, tan limpito y rematadito que da un pelín de sin sustancia a la cosa esta de la Eurovisión actual.

No me diréis que no era adorable ver y sentir esa voz entrecortada por los nervios a algunos artistas que se les notaba los nervios del directo con orquesta, esas respiraciones ante el micro, ese hasta emocionante tembleque de las primeras notas en una voces que sabían que se le jugaban todo a una carta en tres minutos de actuación, del tipo Gigliola Cinquetti en 1974 con el micro, la voz entrecortada y nerviosa del griego y la chipriota de 1985, Takis Biniaris y Lia Vissi, la respiración de Paloma San Basilio por España ese mismo año, o el tremendo final desafinado de la holandesa de 1989, Justine Palmelay, con una preciosidad de tema, el descontrol de una mega estrella como Cliff Richard en 1973, sin perder su genialidad, los nervios magistrales de una muy tímida Marie Myriam en 1977 por Francia o una Dulce Pontes en 1991 por Portugal, o la primera frase inaudible de nuestra Karina en 1971. Pero también ver como ese acople musical, a veces a destiempo, de temas que querían ofrecernos por “lo moderno” con orquesta a una Remedios Amaya de 1983, Pas de Deux por Bélgica también en 1983, Forbes por Suecia en 1977, Riki Sorsa en 1981 por Finlandia, Eva Santamaría en 1993 por España, Kojo en 1982 por el mismo país o Lucía por el nuestro no quedaban nada bien, en más sonaba a cajas desafinadas. A esos temas la orquesta les quedaba fatal, todo hay que decirlo.

En general era todo muy humano porque traspasaba la cámara, parecía que les tenías en el comedor de casa. Te fijabas en los detalles porque cada tema era de su padre y de su madre. Sentías los nervios cerca como el que ve una obra de teatro retransmitida en directo sin cortes televisivos, tal como si estuvieses en una butaca de Brighton, Göteborg, París o Wembley. El Festival estaba en casa. Todo salía perfecto o casi perfecto porque el Festival siempre ha sido un show muy ensayado. Pero también podías alucinar con directos sin más adornos que la voz en una perfección vocal fantástica como Johnny Logan en 1980 por Irlanda, Céline Dion en 1988 por Suiza, Anne-Marie David por Luxemburgo en 1973, Edyta Górniak por Polonia en 1994, Wess & Dori Ghezzi o Umberto Tozzi y Raf por Italia en 1975 y 1987, Nina, Sergio Dalma o Anabel Conde en 1989, 1991 y 1995 respectivamente por España y un largo etcétera.

Y eso era otra cosa, el público, ahora es un gallinero de griterío y banderas. Y no es clasismo, es que molesta mucho ver un show por la tele con tanta bandera, tanto salto que se meten los cabezones y los brazos en medio de la cámara y últimamente hasta gritos que traspasan el micro del cantante en directo con frases que se entienden de cuatro fans histéricos que quitan el magnífico clímax a los que estamos en casa. Señores, que por la tele se oye todo y cuando se está tocando una pieza musical, por respeto, el público presente debe estar calladito. Es insoportable el gallinero, que cada vez se parece más a una corrala del siglo XVII, sólo falta que tiren coles y lechuguinos, porque ya hasta se siente los pataleos y los irrespetuosos abucheos como si estuviésemos viendo un partido de fútbol de la Champions. Vamos que si no fuese porque una ya por tradición es muy devota de esto de las Eurovisiones cambiaba de canal. In situ no se oye el chillido de las masas de ¿eurofanes? no me gusta la palabra. El sonido es tan brutal que en medio de caos ni te enteras aunque por la tele es un desastre.

Y mi alegato se base en que no quiero ver eso. Quiero ver a los artistas cantando y sentir la música. Y esa es otra, en esa tónica ya empieza el show con unos presentadores, que cada vez son más, de dos se pasó a tres y ahora hasta cuatro. Al final serán doscientos presentadores gritando a destajo para una masa enloquecida como si los que estuviésemos en casa fuésemos sordos o medio tontitos delante del guirigay anual. Es un descontrol muy “americanada” a lo Final Ball. Jolines, si hasta en 1980 que hubo un presentador por país, el año que más presentadores ha habido en plan Torre de Babel, cada uno hablaba en su idioma incluido el árabe por Marruecos, para presentar su canción. Todo muy ordenadito y hasta genial, los Festivales de los idiomas. Fue una gozada el 25 Aniversario sobre todo con el pitoste de los teléfonos con aquella despistada presentadora anfitriona. Anda que si llegan a salir los 19 juntos nos enteramos de algo.

Si ya lo que se pide es un poquito de savoir faire televisivo, que Eurovisión se definía por eso, por no estar a la moda de las canciones de moda, de ir como en otra liga. Pero es que no sé quién pensó que Eurovisión se tenía que convertir en una especie de los 40 Principales. No señor, si lo gracioso era eso, que era todo muy distinto. Los vestidos eran barrocos, los escenarios imposibles, las conexiones telefónicas que no conectan, los marcadores que a veces se volvían locos, las orquestas de 40 músicos y director batuta en ristre (a veces paraguas), esas presentadoras maravillosas, esos números geniales de los intermedios, los votos al estilo de 1 a 8, 10 y 12 y que sólo votan los que salen, sin tanta semifinal, sin tantos participantes, sin tanto punto que ya no sabes ni quién vota. Y luego todo tan predecible con las apuestas, dos meses antes ya sabemos quién va a ganar. Malditas apuestas desde 2000, y malditos previos de ensayos que destrozan como spoilers el show cuando dos semanas antes ya estás hinchada de ver los números por internet o incluso por la tele. Ese rollito se ha puesto de moda, porque encima hay gente que se encarga de reventar la emoción diciendo hasta si la cantante de Armenia estornudó en el minuto dos del primer ensayo de la mañana, la otra se patinó un poquito con el tacón al entrar en el segundo 15 de tercer día ensayos o el rollo de las coreografías, vestidos y demás tonterías expuestas en las redes por una serie de pseudoperiodistas de webs diversas pensando que han descubierto la isla de Guanahani. Ego “periodístico” que la UER debería controlar más y dar pase de prensa sólo a los que realmente trabajen para un medio acreditado. Es que ya temes que llegue noviembre con los aficionados spoilers y aguafiestas de turno dando la vara sobre el futuro show a seis meses vista.

Son muchas cosas, tengo para más madera en otras columnas. Lo cierto es que o Eurovisión vuelve un poco a coger lo genuino, ahora que está tan de moda lo vintage y es tendencia, o acabará siendo un show más de la tele sin sabor, lleno de edulcorantes y colorantes, nada que ver con la idea inicial y nos ofreció desde aquel 24 de mayo de 1956, cuando nació en Lugano hasta el desvarío de los 2000. Algunos dicen que se debe reinventar para no morir, pero no reinventen más porque al final se lo van a cargar por extenso, cargante y anodino.

Reyes del Amor

Reyes del Amor
Reyes del Amor
Licenciada en Historia, apasionada del Arte, la Música, el Cine, el Teatro y la Televisión.

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